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ISSN 1989-4163

NUMERO 65 - SEPTIEMBRE 2015

Modelos de Mujer (I) - La Fashion Victim

Mª Ángeles Cabré

 

Al igual que quienes son presas de una afición desmedida por el deporte, las dietas o el compulsivo viajar (consistente en coleccionar hoteles, ciudades y postales sin más objetivo que el afán acumulador y, por supuesto, poder contarlo después), las víctimas de la moda en lugar de arrastrar un largo currículum de amantes, llevan a remolque un armario inmenso que tiene la capacidad de transformarse a velocidad de vértigo. A ellas no hay moda que se les resista, por imposible que parezca, y ninguna prenda o accesorio que haya salido más de doce veces en las más prestigiosas revistas del ramo deja de engrosar su guardarropa, por caro e inalcanzable que sea.

La moda es su religión y jamás la abandonan. También su bandera, y la ostentan como una medalla incrustada entre ceja y ceja. Si un día se olvidan de ir a la moda, no las reconoce ni el vecino y se sienten perdidas: ya no saben si hace frío o calor, si llueve o luce el sol. Obligadas a fungir de camaleones, coquetean con la esquizofrenia sin advertir el peligro: ellas son, cada día, quienes los demás deciden que sean. Van de la ceca la meca y del negro al blanco, de la franela a la viscosa, del pliegue a la puntilla de blonda, del mil rayas a la pata de gallo, del corsé a la corbata. Una primavera toca la sobriedad y parecen primas de Carole Bouquet en azul y beige. Pero asoma el verano y toca vestirse de excesos, de modo que pasan a semejar sobrinas de Björk. Sumisas, obedientes, se ponen lo que les echan.

En su docilidad de geishas modernas, parecen ignorar que todo está estudiado hasta el detalle para que se gasten la pasta y pierdan miserablemente el tiempo, amén de torturarse a ratos el cuerpo. Pero ellas hacen como quien oye llover y se adentran valientes en cualquier estética que se les imponga como quien se va a la selva. Su obsesión por seguir los preceptos de la dictadura de la moda es tal que, desconfiando de las cabeceras al uso (véase Elle, Vogue, Bazaar, Marie Claire…), hurgan con asiduidad de adictas en los blogs más punteros para no perderse detalle: ¿Hawaianas con pantalones de pana? Pues eso. ¿Abrigos leopardinos y bermudas fosforitas? A arriesgar se ha dicho, que Jeff Koons necesita competencia.

Capaces de pagar el triple por lo que dentro de unos días saldarán las rebajas porque es hoy cuando quieren lucirlo y no mañana, se levantan pensando que sin esos zapatos, sin esa gorra ridícula o esa chaquetilla de cuero no son nadie y, hasta que no han introducido dolorosamente la VISA por la ranura engullidora del datafono, no recuperan la autoestima, aunque esta les dure bien poco. Dos o tres días sea quizás el tiempo máximo que resistan sin enamorarse de otra prenda o adminículo capaz de realzar su escasísima personalidad, no vaya a ser que se extravíen en el marasmo de un mundo que las hace ir a la velocidad de la luz, cuando su ritmo natural no llega ni al de la hormiga. Las hay incluso que han llegado a tocarse con una montera torera cuando la ocasión lo merecía.

Duele decir que cualquier control médico les diagnosticaría una filia de las más graves, pero esta sociedad nuestra tiene otras prioridades que velar por la salud mental de los suyos y, en su lugar, la invasiva publicidad se ocupa de recordarles en cada esquina que están a 24 horas de quedar obsoletas. Y así sucede que pasean sonrientes pertrechadas con cualquier barbaridad que se hayan dignado a inventar los tunantes de la turno (burlones hasta la saciedad y capaces de ponernos un saco de patatas por vestido y una caja de palomitas en la cabeza). Por la calle Serrano o por la Diagonal, por Chueca o por el Borne, por Cannes o por las calles de San Francisco, por Ibiza o por los bares de Manhattan, y sobre todo por cualquier inauguración o por cualquier terraza preferentemente urbana.

Y es que es evidente que para seguir la moda con la fidelidad de una descerebrada hay que vivir envuelta en el ruido infernal, que no sólo no deja pensar con claridad, sino que ofrece los rincones propicios para la exhibición de cualquier estropicio estético, desde el corte de pelo asimétrico a las mallas agujereadas o las malditas plataformas, por no hablar de los inmensos bolsos acharolados, los calcetines bajados con falda plisada o la combinación daltónica de estampados varios. A la armonía del campo le sientan mal las incomodidades y los desafueros, y las balas de paja sólo combinan con la moda en el papel couché y en las fotos de Anne Leivobitz; por lo demás, en el campo mejor calzar alpargatas.

Muchas adolescentes ya apuntan maneras: enseñan orgullosas el hilo del tanga y se dejan la melena hasta la cintura aunque les siente como el culo y parezcan todas indias cheroqui. De mayores tendrán un vestuario digno de una psicópata y de un verano a otro pasarán de ser princesas Disney a émulas de Lara Croft, mini Beyoncés o copias de Miley Cyrus. Hasta que, tras haber surcado todos los estilos habidos y por haber (del gótico hard al hipster), a los cuarenta sentarán finalmente la cabeza y se convertirán en unas vulgares ejecutivas de traje chaqueta y camisa color crema.

¡Quién fuera fashion victim para no tener nunca que pensar quién es y no repetir modelito cada mañana! Y qué fácil, aunque agotador, dejarse llevar por la corriente, incluso a riesgo de tener que ponerse una camiseta de deporte con un tutú de ballet, calcetines de ganchillo y botas Panama Jack… si la moda, en su estudiada crueldad, así lo dicta.

 

 

 

 

 

La fashion victim

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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